Definitivamente… Ricciardi no es de mi confianza

En los últimos tiempos la televisión se vio invadida por avisos de firmas que promocionan la compra de oro, brillantes y joyas usadas. Daría la impresión de que la pobreza está sumergiendo con fuerza tal a la clase media que hay una corrida de los que se resignan a vender las “joyas de la abuela” para comer y afrontar deudas.
Por supuesto que algo de esto hay, aunque los expertos también señalan otras causas, como el alto precio del oro y un negocio que necesita captar continuamente nuevas piezas. Durante 2025 y lo que va de 2025 el precio internacional del oro subió un 63,5 por ciento. Unos venden por necesidad, otros por motivos distintos: herencias, piezas que ya no usan o deseo de aprovechar la cotización.
La publicidad con repetición de avisos, las caras conocidas y la exposición de locales en lugares emblemáticos, buscan que el vendedor se anime a llevar objetos valiosos. Esas casas necesitan que el público confíe en quien tasa, porque quien vende suele desconocer cuánto vale lo que entrega. El comprador tiene una ventaja de conocimiento considerable.
El «Es de mi confianza» de Mirtha Legrand funciona como una transferencia de credibilidad: alguien familiar para el espectador pone su reputación al servicio del comercio. No explica cómo se calcula el precio, pero busca resolver la inquietud previa: «¿Puedo entrar ahí sin que me engañen?».
«Los que respetan el valor de tus afectos» trabaja sobre otra barrera: la culpa o la tristeza de desprenderse de una joya familiar. La frase sugiere que el comprador comprende que no estás entregando solamente metal y piedras, sino un recuerdo. Ese reconocimiento emocional facilita una operación cuyo precio, sin embargo, se establece por criterios comerciales.
LA EXPERIENCIA RICCIARDI
Ahora, ¿alguna vez entraste en Ricciardi? Yo si. La figura de Mirta Legrand, su mención a que está en avenida Alvear, Recoleta, te hace pensar en un lugar elegante, de mucho nivel. Nada más alejado de la realidad. El local está en avenida Alvear sí, pero es un sucucho con cuatro o cinco sillas viejas contra la pared para los que esperan. Detrás de la mampara de vidrio se ve a un señor más bien maduro, que sentado tras su escritorio atiende al cliente.
Cuanto te toca pasar te encontrás con el clásico ave negra que utiliza todas las mañas para tirar abajo lo que llevás a vender, que te aclara que “yo soy Ricciardi”, casi evocando a Mirta Legrand, que ni siquiera pesa el oro de las joyas, te tira de ojito un precio ridículo y después de mucho parlotear y trabajarte psicológicamente, te sube la oferta a un precio apenas algo menos ridículo. Y te apura, “pero vos querés vender o no” y abriendo un cajón te deja ver los billetes verdes. En definitiva, don Ricciardi te inspira cualquier cosa… menos confianza.

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