La desocupación se ubicó en 7,9% en el segundo trimestre, tres décimas por encima del mismo período del año pasado. Son 73.000 personas más buscando trabajo sin encontrarlo. La lectura inmediata, que la economía está expulsando gente del mercado laboral, es, sin embargo, equivocada.
La aritmética del trimestre lo refleja claramente. Se incorporaron 338.000 personas al mercado de trabajo y 265.000 consiguieron ocupación. La diferencia, 73.000, es exactamente el aumento de la desocupación. Es decir, hubo creación neta de empleo, pero insuficiente para absorber a quienes decidieron salir a buscarlo. El desempleo subió por el numerador de la oferta, no por el colapso de la demanda.
El problema aparece cuando se mira la composición de esos puestos. La tasa de informalidad trepó 1,8 puntos porcentuales hasta 45%, lo que equivale a 348.000 empleos informales nuevos. Contra 265.000 ocupados adicionales en total, la implicancia es incómoda: el resto de las categorías ocupacionales se contrajo en torno a 83.000 puestos. El mercado de trabajo no está creando empleo; está recomponiendo su estructura hacia abajo.
Con empleo privado registrado en retroceso, compensado por monotributistas y trabajos informales, el ingreso del hogar deja de alcanzar con un solo perceptor. La respuesta racional de la familia es enviar a un segundo o tercer integrante al mercado laboral. La participación sube por necesidad, no por optimismo. Y si la creación de empleo genuino no acompaña ese aumento de la oferta, la desocupación sube, aunque la tasa de actividad no caiga.
Diego Piccardo economista jefe en la Fundación Libertad y Progreso


