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La carne vacuna, después de una liquidación que mantuvo a raya los precios, volvió a ser atractiva. Ya no están las pasturas, pero hay otros recursos.

Por Héctor A. Huergo

Hector-Huergo

Hace 20 años, participé de un seminario en la Universidad de Purdue (una de los grandes think tanks de la agricultura estadounidense) acerca de cómo sería la producción de alimentos en el siglo XXI. La realidad es que todo fue bastante distinto a esa prospectiva.

No existía ni la demanda china y el petróleo rondaba los 20 dólares el barril. La biotecnología hacía sus pininos: apenas había salido al mercado la soja RR y el temor era que no hubiera comprador para el aluvión que –eso sí— todos sabíamos que vendría.

La cosa es que eclosionó la transición dietética y los chinos arrasaron con la soja, que crecía a los borbotones en los Estados Unidos y Sudamérica. La urbanización y la mejora del nivel de vida llevaron también a un nuevo escenario energético. El petróleo cambió la imagen de recurso infinito por la del “peak”: en el 2003, los descubrimientos estuvieron por debajo del consumo, algo que sucedía por primera vez en la historia. Los precios treparon rápidamente hasta superar los impensados 100 dólares el barril. Arrancó el etanol, que hoy explica el 40% del consumo interno de maíz en los EE.UU.

Los precios de los granos se duplicaron. De pronto, la agricultura se había convertido en una actividad atractiva, dejando atrás décadas de excedentes. Primero, desaparecieron del mapa los “set aside”, aquellas tierras que quedaban en barbecho en los países desarrollados, con fuertes subsidios para frenar la producción. Enseguida, se aceleró el avance de la agricultura sobre campos que estaban en uso ganadero.

El fenómeno se dio en todos lados, incluyendo a la Argentina. Aquí se sumaron 10 millones de hectáreas a la agricultura, que además se intensificó, transitando de un modelo de rotaciones de cultivos con praderas, al modelo de sucesión de cultivos en siembra directa que permitió cuadruplicar el volumen cosechado en apenas treinta años.

En valor, el crecimiento fue mucho mayor, porque ahora la mitad de todo son las oleaginosas, cuyos precios duplican a los de los cereales. Casi como subproducto, la Argentina se convirtió en un país viable.

Lo más notable es que a pesar de tremenda cesión de tierras a la agricultura, no se achicó el stock ganadero. Incluso, se hubiera expandido, de no ser por la impericia del gobierno K o por el deseo, por momentos explícito, de destrozar al sector que les daba de comer, remedando la historia del alacrán en el lomo de la rana. Se fueron, agonizando de inanición, dejando un manto ominoso de pobreza y desquicio económico.

Cambiamos. Y conviene entonces mirar qué está pasando en el mundo desarrollado, en particular los Estados Unidos. La inercia del ciclo de altos precios de los granos hicieron que maíz y soja avanzara en todos lados. También hubo cesión de tierras ganaderas a la nueva agricultura en zonas que ni lo soñaban, como las Dakotas. Aumentó el costo del pastaje, y muchos se achicaron en vacas.

Pero ahora los precios agrícolas ya no son lo que fueron. Y la carne vacuna, después de una liquidación que mantuvo a raya los precios, volvió a ser atractiva. Ya no están las pasturas, pero hay otros recursos.

Aparece con fuerza la idea de cría a corral, cerrando el círculo que cumplieron todas las cadenas de producción de proteína animal. Los nuevos recursos son los rollos de rastrojo y el co-producto de granos destilados de las plantas de etanol.

No sustituirán a las praderas y el pastoreo, pero constituyen una fuente enorme de materia seca y proteína de alto valor y bajo costo. Presenté el tema en el congreso de Aapresid, en un panel sobre Bionegocios donde la “ganadería 360” ocupó el centro del tablero. El salón estaba lleno. La historia continúa.

 

 

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