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Argentina no se juega la vida en la negociación con los holdouts. Eso pasó en el 2005 cuando se negoció por primera vez una deuda en default de USD 81.600 millones, con una agresiva oferta que no llegaba a 0,33 centavos por cada dólar en default.

Por Ramiro Castiñeira, economista jefe de Econométrica

Por astucia de Néstor Kirchner y su equipo de entonces, la negociación fue un increíble éxito para el Estado Argentino. La oferta la aceptó voluntariamente el 76% de los acreedores, y luego llegó al 93% con su réplica en 2010.

Los resultados son contundentes y hablan por sí mismos: se logró una importante quita del capital, se bajó la tasa de interés y se alargaron los plazos de pago, que culminan después del 2030.

Todo aquel que entró al canje de deuda aceptó una quita que no baja del 53% a la fecha. Recién después de 14 años del default, este año recuperó a cuentagotas el capital, cuando el Club de París ya lo duplicó, los italianos acaban de cerrar un acuerdo a mitad de camino, por el 150%. Y la oferta argentina para pagar a los “fondos buitre”, en la práctica, tiene el mismo costo que el acuerdo con el Club de París. Ambos tienen una tasa de interés implícita del 5,7%, una para 12 años y otro en 14 años.

El canje de 2005 y su reapertura en 2010 fueron un éxito y el resultado final permitió soportar errores posteriores, tal como los elevados punitorios que se pagó al Club de París, o la imprudencia de no reconocer el fallo adverso por la resaca del default, actitud que elevó la sentencia por los intereses que corrieron entre 2014 y 2015.

Incluso pagando el fallo en los términos de la reciente oferta del Gobierno, la quita global de toda la deuda renegociada alcanza el 49% a la fecha, con una tasa de interés implícita de sólo 1,1%, gracias a los resultados de los canjes de 2005 y 2010.

En números, repasando los resultados concretos de las negociaciones, la deuda pública que entró en default en 2001 sumaba USD 86.600 millones, de los cuales USD 81.600 eran títulos públicos y unos USD 5.000 millones fueron préstamos del Club de París.

Los títulos emitidos en los canjes de 2005 y 2010, más los que se emitirían si la actual oferta finalmente prospera, reducirían los USD 81.600 millones en títulos del 2001, a USD 62.600 millones a la fecha, más los Bonos PBI.

El acuerdo con el Club de París duplicó la deuda con el organismo debido a los elevados punitorios, además que se impuso un acelerado plan de pagos. Actualmente la deuda con el Organismo suma USD 9.100 millones y este año vencen más de USD 2.200 millones acorde al plan de pagos. El mayor y casi único vencimiento de capital este año.

Aún bajo el supuesto de que la oferta prospere, el total de la deuda que entró en default, pasa del 40% del PBI en 2001, a poco más de 16% del PBI en 2016. El servicio de la deuda en 2001 exigía 6,9% del PBI entre intereses y vencimiento de capital. Este año exigiría sólo 1,3% del PBI, de los cuales casi la mitad son pagos al Club de París entre intereses y capital.

La reciente oferta que hizo el nuevo Gobierno, no sólo algunos acreedores ya la aceptaron, sino que la justicia americana dio el guiño suficiente advirtiendo que la oferta es seria y responsable. Su pago no cambia el resultado final: Argentina igualmente quedará desendeudada producto del exitoso canje del 2005, hace ya una década atrás.

Por último, vale recordar que nadie obligó a la Argentina a emitir deuda en dólares con legislación americana en cantidades industriales para financiar el experimento llamado convertibilidad. Experimento que salió mal, y todavía hoy estamos pagando los platos rotos.

Argentina se recuperó con creces de la crisis del 2001, pero lamentablemente los últimos años incubó otra crisis económica. Pululan los déficits en la economía por todos lados y en magnitudes preocupantes.

Ya sin ningún superávit, ni reservas en el BCRA y en un contexto externo que no deja de traer malas noticias, el nuevo gobierno necesita del crédito externo para encarrilar la economía, producto del desmanejo macroeconómico exponencial de los últimos 6 años, por lo menos.

El nuevo Gobierno necesita del crédito externo para retornar con el menor costo posible a una economía de mercado. Recién a mitad de su gestión tendrá que demostrar que no caerá en el vicio de transformar la deuda pública en el nuevo motor de crecimiento, con la excusa de que todavía se está cruzando el río.

Aprender de los errores de Venezuela al borde del colapso por la intervención desmedida de su economía. También de los errores de Brasil, que actualmente está transitando una crisis de magnitud al intentar vivir del crédito externo sin invertirlo, tal como nosotros no hace mucho.

Pero principalmente, aprender de nuestros propios errores, que salimos de la crisis de la convertibilidad y su endeudamiento, para ponerse en la puerta de otra crisis, tapada con reservas del BCRA y deudas con China. El nuevo Gobierno tiene poco tiempo para desactivar una crisis y sólo la carta de crédito externo para garantizar el menor costo social posible. Bienvenido el esfuerzo para poner fin al default del 2001, bajo una oferta responsable ante un fallo adverso.

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