De beduino nómade a millonario

De beduino nómade a millonario

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Mohed Altrad creció huérfano y en la más absoluta pobreza en Raqqa, una ciudad hoy controlada por el Estado Islámico. Ahora maneja una compañía de 17.000 empleados. Su historia conmueve e inspira en partes iguales.

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Mohed Altrad fue elegido Emprendedor Mundial del Año 2015 por EY.

La historia de Altrad es digna de una novela, partiendo desde su nacimiento en una caravana beduina en medio del desierto sirio en un año indeterminado. No hay registros, por lo que el multimillonario no sabe a ciencia cierta su edad. Anda entre los 64 y los 67, tal vez. Para poder festejarle los cumpleaños, sus hijos escogieron el 9 de marzo como su día.
Hace 10 años, Altrad fue honrado con la condecoración de la Legión de Honor. Instituida por Napoleón, es el máximo honor al que puede aspirar un civil en Francia, en virtud de destacarse notoriamente del resto por llevar una vida de virtud y contribución a la República.
En 2014 recibió también el título de Emprendedor Francés del Año. Y hace sólo un par de meses, en Monte Carlo, recibió el título mundial, derrotando a otros 51 candidatos en el concurso anual organizado por la compañía de servicios Ernst & Young.
Hoy su nombre es símbolo de Montpellier por las empresas que ayudó a levantar. Más recientemente se hizo aún más popular cuando compró el club local de rugby, remodelando su estadio y comprando nuevos jugadores.

El desierto

Pero sus orígenes no podrían haber sido más distintos a los de su gloria y reconocimientos actuales.
Beduino, Altrad nació en alguna parte del desierto sirio y su infancia fue dura, aún para esos áridos parajes y los aún más curtidos hombres y mujeres que lo atraviesan de oasis en oasis. Su padre era el líder de la tribu. Su madre, una mujer pobre y despreciada.
Su padre la violó -dos veces- y ella tuvo dos hijos: Mohed Altrad y un hermano mayor, quien murió a manos de su propio padre.

Su madre murió el día que él nació.

Fue criado por su abuela, en la más absoluta pobreza, despreciado por su padre, quien no lo reconocía como hijo, y por tanto por toda la tribu. Su abuela asumía que el niño se convertiría con suerte en pastor, así que nunca pensó en mandarlo a la escuela a la que el niño desesperaba por asistir.
Mohed se movía con la tribu, que a su vez seguía las lluvias, que iban creando oasis de pasto y agua para sus cabras, ovejas y camellos.
El curioso jóven persistió y finalmente logró el permiso para asistir a la escuela. Se levantaba por la madrugada aún sin luz y caminaba descalzo durante dos horas por las dunas hasta llegar a la escuela más cercana. “Era un instinto”, explica Altrad. “Sabía que estaba condenado y que mi única chance de escapar de ese destino era la escuela.”
Era muy inteligente y sacaba buenas notas. Demasiado buenas para un beduino pensaron sus compañeros, que enfurecieron cuando el humilde pastor quedó como el primero de la clase. El último día de clases, lo llevaron al desierto, donde cavaron un hoyo en el que lo enterraron de cabeza antes de salir corriendo.
Quién sabe cómo, Altrad logró liberarse y escapar. “El instinto de supervivencia”, ha dicho en varias entrevistas. Algo que sin lugar a dudas tiene de sobra.
En el desierto, Altrad era doblemente paria: para sus compañeros de colegio era un beduino y para los beduinos un chico pobre no reconocido.
Cuando tuvo 7 años, su padre reapareció el tiempo suficiente para comprarle una bicicleta, un raro tesoro en el desierto. En lo que podría su primer emprendimiento. Mahad alquilaba su bicicleta a otros niños, mientras usaba las ganancias para comprar útiles para la escuela.
Unos años después, su suerte empezó a cambiar cuando fue a vivir con unos familiares -una pareja sin hijos- que lo tomó bajo su protección y promovió su educación en una escuela cerca de la ciudad de Raqqa –lamentablemente convertida hoy en el cuartel general del grupo terrorista Estado Islámico o ISIS.
En esta ciudad se recibiría de bachiller, graduándose con las mejores notas de toda la región, haciéndose acreedor a una beca para estudiar en el exterior, por parte del gobierno sirio.

“No tenía un sueño o una meta específica en ese momento. Simplemente la ambición de rebelarme frente a un destino del que quería escapar”, recuerda.

Estudios y empresas

Altrad consiguió una plaza en la Universidad de Kiev, pero luego le dijeron que su curso ya estaba lleno. La suerte le jugó una buena pasada. En lugar de viajar a la URSS, fue enviado a estudiar a una de las universidades más antiguas de Europa, la Universidad de Montpellier, en Francia.
Llegó a su puerto una fría noche de noviembre de 1969. Montpellier es una ciudad mediterránea, enclavada en un punto equidistante tanto de España como de Italia. No hablaba una sola palabra de francés. Durante mucho tiempo debió sobrevivir con una sola comida al día y sin conocer a un alma en ese extraño país.
Nada lo detuvo. Los primeros meses los utilizó únicamente para aprender francés, pero las clases empezaron demasiado rápido en la Universidad. Así, cuando comenzó la carrera de Física y Matemáticas, solo podía entender un 10% de lo que decían los profesores.
Pero Altrad se recibió y se mudó a Paris, a principios de los años ’70s para hacer su Doctorado en Ciencias de la Computación, algo absolutamente novedoso en ese momento.
Para la misma época, ya hablaba un francés lo suficientemente fluído como para enamorar y finalmente casarse con una compañera francesa de la Universidad.
También, mientras estudiaba, trabajaba como ingeniero para distintas firmas tecnológicas, que finalmente lo ayudaron para calificar como ciudadano francés.
Más tarde pasaría cuatro años en Abu Dhabi, trabajando para la Compañía Nacional de Petróleo en el área de informática. Con un altísimo salario, bajos impuestos y sin demasiado que hacer, fue capaz de ahorrar cientos de miles de dólares para cuando terminó su contrato en 1984.

Una nueva vida

De vuelta en Paris fundó, junto a tres amigos, una start up que hacía computadoras portátiles “del tamaño de una maleta”. Rápidamente la vendieron, haciéndose con una ganancia de U$S 600.000, aunque no tenía la menor idea de qué hacer con ellos.
Recién en agosto de 1985, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Florensac, el pueblo nativo de su esposa, al sur de Francia, un vecino le preguntó si no estaba interesado en adquirir una empresa de andamios venida a menos. La firma Méfran tenía 200 empleados, pero lo que saltaba primero a la vista era que perdía dinero incesantemente, teniendo una enorme deuda de cientos de miles de dólares con varios bancos. Una empresa al borde mismo de la bancarrota. Aunque Altrad no conocía absolutamente nada de esa industria y ni siquiera sabía cuál era la palabra en francés para “andamio”, decidió comprar la empresa, junto con Richard Alcock, un amigo británico de Abu Dhabi, que también había sido su socio en el emprendimiento de la start up. Pagaron por la empresa 1 franco y asumieron todas sus deudas.
“Nuevamente fue una cuestión intuitiva” dice Altrad. “Ví que el producto era muy útil, ya que siempre se necesitan andamios en la construcción, refinerías y aeropuertos. Con eso me bastaba: yo tenía contactos en esos rubros”
Inmediatamente cortó las pérdidas y se basó en un método de trabajo de pago con incentivos, algo inusual en Francia. A los trabajadores les agradó este nuevo jefe que “se jugaba el pellejo” por la empresa. “Yo le dije a mi gente que estaba poniendo todo el dinero que había ahorrado durante cinco años. Los trabajadores me agradecieron por creer en ellos. Así hicimos un equipo perfecto
En su primer año, la empresa ya comenzaba a dar ganancias y abría sus primeras subsidiarias en España e Italia.
Nunca hablaba de sus ambiciones”, recuerda Alcock. “La meta era sólo hacerse más y más grandes.”
Y los pequeños contratistas que compraban o alquilaban sus postes metálicos también necesitaban carretillas y mezcladoras de cemento. Así que le agregó otra pata a la empresa.

mohed je suis charlieJe suis Altrad

Frente a los problemas raciales y religiosos que ocurren a diario en Francia, Altrad ofreece su camino como respuesta. Pero  también abre la polémica sobre el auge del racismo en Francia: “Si lees artículos sobre mí, lo primero que leeras es que es un francés de orígen sirio. ¿Porqué necesitan esa aclaración?”, declaró hace poco a la revista Forbes. “Francia no tiene una política clara con respecto a la inmigración y muchas veces es francamente racista”, denunció.
Desde el atentado terrorista de Charlie Ebdo, Altrad ha sido una persona de consulta permanente por parte de los medios. En parte por sus orígenes árabes, por su repudio absoluto a ISIS que está provocando masacres en su ciudad natal, y por sus críticas a la ultraderecha francesa siempre al acecho.

Crecer y sólo crecer

Altrad únicamente usaba el dinero para expandirse agresivamente, comprando otras compañías en lo que entonces era una industria local muy fragmentada que se estaba consolidando a pasos agigantados.
También se esforzaba por tratar bien a sus empleados, pidiéndole que respetaran una lista de principios que había que suscribir al momento de ser contratados.
Pronto comenzó a expandirse fuera de Francia, pero siempre en el mismo negocio y siguiendo los mismos principios: a los andamios le sumaba todas las cosas que los constructores necesitaban.
Ese espíritu emprendedor que lo acompañó siempre, también lo metió en problemas cuando decidió a diversificarse comprando una compañía francesa fabricante de guantes quirúrgicos. “Rápidamente me dí cuenta que había cometido un error”, explica. “Uno de nuestros pilares era el haber estado siempre enfocados en el corazón de nuestro negocio.”.
Vendió la firma, y continuó expandiéndose entre mezcladoras de cemento, herramientas para la construcción y otros productos que atrajeran al mismo tipo de público que compraba andamios. Durante la recesión de finales de los años 90s la empresa perdió un cuarto de sus ingresos en seis meses. Lo que la salvó, según el propio Altrad afirma, fue el haber previsto esta caída medio año antes, lo que le permitió cortar el 30% de su fuerza laboral para afrontarla.

Mohed Altrad

  • Puesto: #1741
  • Patrimonio: U$S 1.000 M
  • Edad: 64-67 aprox.
  • Estudios: Doctor en Informática
  • Ocupación: Andamios, Cementeras, Self Made
  • Otras actividades: Escritor reconocido, Dirigente del Club Montpellier Hérault (rugby).
  • Residencia: Montpellier, Francia.
  • Nacionalidad: Sirio-Francesa
  • Familia: Divorciado, con 5 hijos.

Emergiendo de la crisis

Altrad encontró que los bancos no le prestarían a un sirio nativo, entrepreneur sin experiencia concreta en una industria, más allá de lo que dijeran los balances. Así fue que debió crecer de la misma manera en la que empezó en el negocio: comprando competidores menores en caída por poco dinero y luego intentar de a poco que vaya dando ganancias. “He peleado mucho por mucho tiempo,” le dijo a la revista Forbes, “y perdí mucho tiempo debido a que no confiaban en mi.”

Un punto de quiebre llegó en 2003. Para entonces su compañía tenía una sólida base, con 21 subsidiarias que le brindaban U$S 130 millones en ganancias. En ese momento hizo su más grande adquisición: nada menos que su más grande competidor, la alemana Plettac. Esta adquisición significó un empujón continental para Altrad Group, dándole visibilidad y posicionándola para competir en los más grandes contratos industriales, así como pasar a moverse más agresivamente en su compra de empresas.
Desde 2003 ha comprado tres empresas por año. Todas, según Altrad, han terminado dando ganancias
En un plazo de 30 años la pequeña empresa creció hasta llegar a vender a 100 países. El paraguas “Altrad”, incluye en la actualidad a 170 compañías, con 17.000 empleados, US$2.000 millones anuales en negocios y US$200 millones de ganancia.
Ahora Altrad Group, basada en Montepellier, acaba de duplicar el tamaño de la empresa, esta vez comprando a un rival holandés Maltrás, y sus 70 filiales en todo el mundo, convirtiéndose de esa forma en la empresa más grande en su rubro.
Después de duplicar sus ventas en los últimos cinco años, la nueva meta de Altrad es expandirse a los Estados Unidos

mohed altrad rugbyLTambién con el rugby

En 2011 el alcalde de Montpellier llegó a su magnífica residencia. Sabiendo de su experiencia en salvar empresas le pidió que asegurara la supervivencia del local Hérault Rugby Club de su crisis financiera. Altrad, jamás había visto un partido de rugby, pero fue un paso más lejos y compró el club.
Ahora Altrad no sólo gusta del rugby, sino que tiene asistencia perfecta a los partidos que juega su equipo. Mezclado entre la gente, se lo puede reconocer por su impecable traje azul marino, por su bufanda con los colores del club, y por un pequeñísimo lazo rojo prendido a su solapa: es la condecoración de la Legión de Honor.

La empresa como identidad

A pesar de sus éxitos y reconocimientos, Mohed Altrad sigue siendo un líder fundamentalmente silencioso y muy considerado con sus empleados.
En una entrevista concedida a un medio británico hace pocos meses, Altrad mostró un poco de su lado más íntimo: “Usted puede preguntar por qué estoy haciendo esto”, dijo.
“Nunca ha sido por dinero. Estoy tratando de desarrollar un emprendimiento humanista para hacer feliz a la gente que trabaja para mí”, fue su respuesta.
“Si son felices son más eficientes, mejores trabajadores y tienen una vida mejor. Eso es lo que las compañías deberían intentar: `Si soy feliz, trabajo mejor´”, insiste.
Altred cree firmemente que el crecimiento de una empresa tiene que ser financiado por sus propias ganancias: “Si uno va a los mercados financieros, se vuelve esclavo de los bancos”.
Y aunque su compañía ha estado detrás de la consolidación de una industria local muy fragmentada, él trata de que no se comporte de forma monolítica.
“Una compañía es una identidad, un pedazo de historia: es sus productos, sus clientes. La tendencia general de grandes grupos, como el nuestro, es moldear (a las compañías que compra) y hacerlas más o menos iguales. Pero eso va contra mi concepto”, explica.

Declaración de principios

O sea que las compañías del grupo Altrad conservan sus nombres e identidades.
Todas comparten, sin embargo, lo que Mohed Altrad llama una declaración de principios, que los nuevos reclutas deben endosar o mejorar.
“Yo amo la libertad”, dice. “Por tanto a las empresas que compro le doy mínimos requisitos y mucha libertad de acción. La descentralización es el secreto de mi éxito”, explica. Y realmente funciona: cada subsidiaria opera con la agilidad de una empresa local más el apoyo material de una empresa multinacional, siendo altamente competitivas.
Entre sus principios, los más importantes son el trabajo en equipo y la transparencia. Y para demostrar que verdaderamente cree en la transparencia, cualquier empleado puede verlo trabajar, ya que su oficina es totalmente vidriada.

mohed altrad3Altrad íntimo

El empresario también usa sus noches de insomnio para escribir libros, incluyendo algunos de economía. También escribió una novela autobiográfica, titulada “Beduino”, que fue multi-premiada y seleccionada por el Ministerio de Educación francés para ser de lectura obligatoria en las escuelas.

“La vida es difícil. Algunas personas se evaden practicando deportes o tomando alcohol. Yo escribo”, explica.

Su historia tiene especial resonancia en Europa, donde el tema de la migración es cada vez más importante.
También escribió otras dos novelas que no alcanzaron el brillo de la primera. Una explora la existencia de Dios (“La hipótesis de Dios”), y la otra sobre el amor (“La Promesa de Ana”) que termina con una historia sobre judíos y palestinos, un tema de suma actualidad por el creciente anti semitismo en Francia.
“Puedo decir que tengo más de 3.000 años de vida. Es la vida del desierto, que tiene sus propias reglas, que empezó hace 3.000 años. Ese sentimiento está en mi sangre, en mi vida cotidiana”, ha afirmado en una entrevista reciente.
Mohed Altrad es consciente que cualquier cosa puede pasar, en cualquier momento, por lo que siempre tiene algo de miedo, aún cuando vive en una mansión centenaria, con tres piletas, y una colección de autos de lujo.
“Pero el sentimiento de libertad también está ahí, siempre”, le dijo hace unos meses a la BBC.

“No me refiero a la felicidad, ya que quizás yo no sea un hombre feliz. Tengo una deuda con la vida que ahora sé nunca voy a poder pagar: devolverle la vida a mi madre, quien no tuvo vida. La suya fue una vida muy corta… 12, 13 años. La violaron dos veces. Vio morir a uno de sus hijos. Ella murió el día que yo llegué”.

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